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sábado, 3 de agosto de 2013

Si los perros no van al cielo, cuando muera quiero ir a donde ellos van



Llegaste de pequeño en los brazos de mi tía. La tarea de matemática perdió por completo su interés en cuanto vi tus orejitas caídas y tu manto negro. Cumpliste un año, te enfermaste, te salvaste. Nos trajiste alegrías y varios enojos por las travesuras que hacías. Creciste conmigo, a la par, soportabas mis efusivas demostraciones de cariño. Me gruñías para demostrarme tus límites y movías la cola para hacerme saber que estabas contento de verme. Te subías al sillón, a la mesa, te robabas comida si te dejaban solo. Tu tamaño y tus ladridos hacían temer a las personas: '¿muerde? debe ser muy guardián' (y por las dudas mantenían distancia).
No me voy a olvidar de la primera vez que te vi, ni de todos los momentos juntos. Cuando venías a dormir conmigo a la pieza, cuando hacías tus truquitos –sentate, dame la patita, dame la otra patita, echate, tomá :3–
Ni tampoco me voy a olvidar del último día con vos. Te extraño perro hermossssssso. Que seas muy feliz en donde estés.


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