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sábado, 3 de marzo de 2012

Beware of the pillows

La evolución y el destino de la humanidad obedecen a los designios de otra especie, aparecida exactamente en la época en que surgieron las primeras formas de escritura, precisamente cuando se originaron las sociedades organizadas.

Nos encontrábamos en el laboratorio del grupo experimentando con sonidos de bajas frecuencias (tan bajas que no pueden ser captadas por el oído humano). Buscábamos una manera de producir vibraciones que se perciban en todo el cuerpo de manera uniforme. La tarea era difícil, los resultados no eran los esperados y nuestros ánimos decrecían. Como había pasado la noche realizando diversos ensayos, me había acercado una almohada para descansar de a ratos. No logré conciliar el sueño, solo recuerdo unos instantes en que abandoné tímidamente mi exhausta vigilia.

En la mañana llegaron los demás. Pusimos a calentar café y continuamos con los intentos. Probamos otra cadena de configuraciones, sumamos paneles acústicos y variamos las condiciones de luz. En medio de una de las pruebas noté algo extraño (que atribuí a mi avanzado cansancio): la almohada se movía. Sin darle mayor importancia ni hacer el más mínimo comentario continué trabajando. Las posibilidades se agotaban y seguíamos sin obtener lo que buscábamos.

Ya contrariados, y a punto de abandonar la empresa, algo extraño ocurrió de nuevo. En esta oportunidad pude percibirlo con una claridad casi inobjetable: no solo vi a la almohada moverse, sino que además escuché algunos sonidos provenientes de su interior. Frenéticamente les pedí a mis compañeros que cesaran en sus tareas. Como demoraban eternos segundos, arremetí: “Vieron eso! ¿Escucharon eso? miren esa almohada!”. Al verme exaltado, todos observaron.

La almohada se mostró inerte. “¿Qué te pasa?” dijo uno, “¿Que tenés?” otro. “Se mueve!” exclamé, “la almohada se mueve!”. A partir de ese momento comencé a recibir algunas burlas cuestionando mis perturbados comentarios. No tardaron en atribuirlos (como lo había hecho yo instantes antes) a mi agotamiento. No repliqué demasiado, aunque estaba insólitamente seguro de lo que había visto, y oído.

Continuamos trabajando, y luego de un tiempo, fue uno de mis compañeros quien percibió aquello extraño. Otra vez observamos con atención, pero nada sucedía. “¡No puede ser!”, “¿No ven? ¡No estoy loco!” reclamé. Tras una breve deducción propuse que nada ocurriría si observábamos todos a la vez. Ya algo inquietos, los convencí de que preparáramos la cámara de video, y decidimos entre todos repartirnos turnos de 30 minutos, para observar la almohada mientras los demás trabajaban.

Varias rondas transcurrieron, y nada pasó. Disgustados seguimos pensando qué pudo haber significado aquel comportamiento de la almohada. Algo concreto debía haberlo provocado. Luego de un rato de deliberar entre lo menos racional y lo más absurdo, sin más ideas, fastidiados, volvimos a encender el sistema de sonido. Fui en busca del café, pero como aún no estaba listo, regresé y continuamos con nuestras labores desde donde las habíamos abandonado.

De pronto, y a la vista de todos, la almohada volvió a la actividad. Pensé en tomar nota de la hora, pero al haber intentado sin éxito observar el reloj, decidí olvidar esa idea. Comenzó a moverse, de manera evidente, a la vista de todos. Emitía sonidos. Paralizados, mirándonos pero sin apartar la atención de la almohada, y sin pronunciar una sola palabra, creímos comprender que, la frecuencia en la que estábamos trabajando, era claramente la causa del asombroso fenómeno. Para verificar lo que (sin hablar) habíamos concluido, procedimos también, sin mediar palabra y sincronizadamente, a apagar los equipos. Entonces la almohada cesó.

Efectuamos un espantoso hallazgo: las almohadas son entes animados. Descubrimos que al exponerlas a una determinada baja frecuencia, se manifiestan de modo que los seres humanos podemos percibirlas fácilmente. Luego de un breve intento de diálogo, en el que la almohada solo contestó con evidentes órdenes y mandatos, comprendimos algo aterrador: son ellas las que, durante las horas de sueño, dialogan con la mente humana imponiéndole maneras de actuar.

No es cierto que consultamos con la almohada, sino que ella nos dicta sus deseos. No es cierto que la memoria se afianza en las horas de sueño, sino que las almohadas determinan lo que debemos recordar. Es falso que precisemos dormir, en realidad las almohadas nos imponen la necesidad de reconectarnos con ellas al menos una vez al día. No existen diferentes tipos de personas, existen distintos tipos de almohadas, las cuales imponen, según su clase, determinados comportamientos. Claro está, las guerras de almohadas que llevamos a cabo, son la forma que encuentran las almohadas para comunicarse entre sí.

En la instalación se reproducen las condiciones en las que es posible interactuar con una almohada de manera consciente: se las expone a sonidos de baja frecuencia mediante un woofer (parlante de bajas frecuencias) dispuesto en la sala.

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