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domingo, 20 de noviembre de 2011

El verdugo, ansioso, afila su hacha brillante con ahínco, sonríe y espera. Pero algo debe vislumbrar en los ojos de quienes lo rodean, que petrifica su sonrisa y se llena de espanto.
El Heraldo se acerca al galope y lee el nombre del condenado, que es el verdugo.

~Diego Muñoz Valenzuela



Cuando Pierre vuelve a su casa, después de cumplida la tarea, me agacho a sus pies y le quito las galochas embarradas. Le alcanzo agua para que se lave las manos pringosas. Y si la camisa tiene manchas (casi siempre), le doy una limpia.
Él se acerca a la cuna de nuestro hijo y, en silencio, lo contempla. Suspira: el querubín heredará no sólo su nombre, sino también su oficio.
Comemos un poco de pan, quiso, sopa. El día del Señor tomamos algo de vino. Mi Pierre nunca se emborracha.
Enseguida nos acostamos. Él se esconde la cabeza en el hueco de mi cuello, como pájaro que quisiera dormir.
Lo arrullo con una canción, pero siento que sus lágrimas resbalan por mis pechos. Trato de consolarlo.
¡Es tan difícil ser la mujer del verdugo!

~Laura Nicastro

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