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lunes, 2 de noviembre de 2009

El niño que tenía un oso de trapo

a Pablo Picasso, con esperanza, siempre con esperanza...



Si el niño hubiese llegado a hombre, yo sé que trataría de humanizar con esfuerzo la materia grosera que perdura aún desparramada por el ancho mundo en que vivimos.

El niño iría pisando los caminos del mundo, haciendo intentos parar abrir los horizontes nuevos a las miradas ciegas de las gentes ciegas.

Si el niño hubiese llegado a hombre, yo sé que amaría la piedra y el árbol, el agua de los torrentes, la espiga madura del trigo, la fuerza ayudadora del viento, las aspas limpias de los molinos de Castilla...

En cada cosa -¡la tierra!..¡el agua!... el pan! - buscaría con denuedo los bienes por los cuáles el hombre ha de luchar.

Si el niño llegase a hombre, yo sé que amaría el perro que defiende la casa de labranza, el caballo de tiro, a las gallinas caseras del gallinero casero; amaría la oveja y la abeja- ¡la lana!...¡la miel!...- los gatos ratoneros, los pájaros libres, los peces fríos del río, las paloma inocentes, las meseta y la montaña, la espuma del mar...

Si el niño hubiese llegado a hombre, amaría el fuego, la energía que se esconde en la naturaleza viva, las voces humanas de los vecinos, el trabajo eficiente de todos, el bien colectivo...

Pero aquél niño
Solamente tenía seis años de vida
Un puñado de horas, un breve puñado,
Un puñado de barro, un puñado de sal,
Y amaba a su oso de trapo...

El oso de trapo era el único juguete de que disponía. El oso de trapo era la verdad de su tiempo. El oso de trapo estaba siempre con él. Los dos veían cómo los días pasaban madurando el instinto..

El niño sabía que el oso era un animal de trapo, gozando de sus pasiones inocentes, penetrando en sus secretos, presente en sus ansias desbordadas.

El oso de trapo, sin saberlo ya tenía un pedacito del corazón del niño. Él se lo había dado. Un pedacito del corazón que latía al mismo ritmo del corazón del niño.

En la tela de sus patas, en la curva de su lomo, en el brillo de sus ojos de cristal, en el silencio incomprensible del aserrín de su relleno, ya había penetrado la vida del niño como un hermoso misterio latente..

Era un oso pequeño, inofensivo, Un oso blanco de trapo. Pero ya tenía un pedacito del corazón del niño...

Una vez en que el niño jugaba a la puerta de su casa, sentado en la piedra de su acera, le preguntó al oso de trapo:

-Cuando yo me muera...¿tú qué harás?

El oso no dijo nada. Dobló la cabeza sobre la mano inocente del niño y lo miró fijamente con sus ojos de cristal.

El niño entonces le dijo:

-¡Tonto!... Cuando yo me muera de viejo quiero que te entierren conmigo.

Pero no fue así. No. No fue así como el niño pensaba.

¡Un día alguien trajo la muerte!

El niño jugaba en la plaza del pueblo... Sobre a tierra firme de la plaza del pueblo...Gozando del sol claro del sol de abril....

Entre las ramas de los árboles, con la savia nueva, se oía el piar de pájaros libres...Y el sol batía en el cristal de las ventanas libres...Y el aire removía los cabellos libres del niño...Y las mujeres voceaban libremente en el mercado del pueblo...

¡Libre era todo!
¡La voz del hombre!
¡El juego el niño!...
¡El agua!...
¡El viento!...
¡la luz!
¡El sol!....
¡Libre era todo!

De pronto un vuelo de cuervos dejó caer la muerte desde el cielo. La muerte caía desde el cielo sobre los tejados de las casas del pueblo en forma de metralla...

Y entonces...
Hubo un caballo desventrado,
atravesado por una lanza...
Y una casa en llamas...
Y esparcidos la cabeza y los brazos
de un hombre muerto...
y una mano empuñando una espada
rota...

y una mujer desnuda a rastras...
y en una ventana
un perfil gigante de otra mujer llorando, con los pechos y las manos separadas encima del alféizar...

y un brazo extendido hacia fuera sosteniendo una antorcha encendida...
y otra mujer, rodeada de llamas, levantando los brazos al cielo...

Y un toro en actitud belicosa, con la cabeza vuelta hacia un lado y la cola levantada...
Y un pájaro alargando el cuello, con el pico abierto...
Y delante del toro, otra mujer gritando porque llevaba en los brazos al niño muerto...

¡En el suelo oscuro, lleno de sangre inocente, una flor, sólo una flor...!

Al niño lo enterraron sin el oso de trapo. En la tabla que señala su tumba - un puñado de tierra, un puñado de silencio- se puede leer:

El niño

Antonio Zabalagoitta Echevarría

Muerto en el bombardeo

De los aviones alemanes

El día 26 de abril de 1937

GUERNICA

Pero yo sé que si aquel niño hubiese llegado a hombre, seguiría pisando la tierra con firmeza, buscando los caminos nuevos, porque tenía los ojos llenos de esperanza.



~Por Manuel Lueiro Rey

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